Tomates verdes… ¡frito!
De tanto en cuanto me gusta follar, llámenme vulgar, vicioso o pringao, más lo último que lo anterior y bastante lo primero, a mi juicio. Al lío: tengo un jardín, perdón me retracto, tengo un proyecto de algo parecido a un jardín, un espacio que hay que llenar con grava, ja, cada uno se divierte como puede o incluso más. Es por eso que me paso el día tirando de carretillo y pala, que es de lo más entretenido; llenar y vaciar carretillos llenos de grava es, después de graparme los güevos con mi nueva grapadora eléctrica, mi afición preferida. Tanta dedicación a mi actividad jardineril hace inútiles mis aspiraciones primeras, un pringao, lo que les decía.
Si algún día acabo mi jardín, cosa improbable, si lo acabo digo, montaré un pequeño huerto, caprichos de la edá. Mientras llega ese día mis queridos papás se han montado en suyo; dos metros cuadrados de tomates capaces de eclipsar al resto del mundo. Nunca una docena mal contada de tomates cobró tanta importancia. Puede que estén riquísimos, exquisitos, asquerosos, incomestibles o que no sepan a nada, ya se verá pero… de momento están verdes, verdes de la hostia, por mucho que nos empeñemos, por muy bien que bailemos y guisemos y guiemos a la tribu, por muy buenos que seamos y muy bien que lo hagamos todo, al final los tomates maduran cuando les sale de las pepitas y hasta entonces están verdes, ellos verdes y yo frito…
Me gusta follar…





