Tras el cristal
Fuimos al zoo, los niños disfrutaron, ¡qué caramba!, también yo disfruté. No me gustan los animales, mejor dicho, me gustan los animales de lejos, en la tele, donde no los puedo oler ni ellos me pueden oler a mí. Es que con los bichos, la cosa se sabe como empieza pero nunca como acaba y un lindo gatito puede convertirse en un fiero felino de garras letales, ya no les digo nada lo que puede hacer un tigre de Bengala. En fin, como decía fuimos al zoo. Ahí los animales sí se huelen pero son inofensivos, dan pena, mucha pena, bien colocaditos detrás del cristal para nuestro entretenimiento. Ahí, en sus jaulitas esperando a que les hagamos el mono… ¿quién observa a quién?.
Me imagino encerrado, cual chimpancé, levantando la mano y haciendo carantoñas para logar que la señora jirafa, o el señor león me lancen un BigMac… me imagino en nuestros micro habitad de cartón piedra aguantado los golpes en el cristal que propina el señor rinoceronte y las palmaditas que con la cola da el señor delfín.
Me imagino todas estas atrocidades, me enfundo mi camiseta “Recuerdo del zoo” y me siento a ver un documental de La 2, lógicamente me quedo dormido y sueño que soy un mono araña que enloquecido asesina a todos visitantes del zoo que osan dar golpecitos tras el cristal. ¡Qué se jodan!.





