Egos

Se reunían todas las tardes para tomar chocolate. Por sus manos pasaban los destinos de muchas almas y no tenían demasiado reparo en hacer de lo público privado y amasar fortunas y egos cada vez más y más grandes… enormes.

Creían, en serio, que no había nada más amago que el chocolate de la merienda, matar, aplastar, engañar, explotar a su pueblo, eso no era amargura, era derecho divino, para eso eran los más guapos, los más poderosos, los tocados por la mano de Dios.

Apuraban la taza y se relamían golosos, encorsetados en sus uniformes, que por grandes que fuesen confeccionados se quedaban pequeños enseguida. El ego no deja nunca de crecer, como las uñas que siguen creciendo aún después de morir. Nunca es suficiente.

Aplastar, machacar y reírse después, en la mismísima cara del pueblo, apareciendo como caudillos salvadores, magnánimos…, dioses en la tierra.

Pero un día el chocolate se les indigestó, el pueblo había salido a la calle, había dejado de callar, había convertido el silencio en grito y la obediencia ciega en sentido común. No tenía que ver nada con la religión, ni con la cultura, únicamente con la naturaleza humana, esa que nos dice que el chocolate debe ser para todos.

Huesos rotos, disparos, sangre, muertos, gritos, júbilo, dolor, libertad… egos caídos, tirados por el suelo…

Las meriendas ya no iban a ser igual a partir de entonces.

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~ por Mr.Saboka en 27 febrero 2011.

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